Hablemos de `Los suaves deslices de la lluvia´ en un poema de Enrique Bunbury...
El Bunbury más íntimo y cotidiano, el poeta vulnerable, exorcizando la muerte de un padre en Los suaves deslices de la lluvia (2025), su tercer libro de poesía.
Seleccionamos uno de sus poemas más representativos y bellos, cuyos acordes suenan al eco del recuerdo según leemos.
LA GUITARRA
Ni el motivo —que se desvanecía—,
ni tampoco le interesaban demasiado
los hechos. Espectros de un recuerdo
que no significaron gran cosa.
No fue su primera guitarra,
quizás la segunda o más
—la cifra sigue siendo irrelevante,
como la cronología en los sueños—,
lo único cierto es que aquella madera
contenía una pasión anegada,
una devoción casi absurda,
y, tal vez por eso,
en un rapto impenetrable,
su padre la destrozó.
Según algunas memorias apócrifas
—una versión más en el laberinto
de las adaptaciones posibles—,
el instrumento aterrizó en su cabeza
en un arrebato feroz. Otros autores,
con igual incertidumbre
y menor rigor histórico, afirman
que la estrelló contra el suelo,
haciéndola añicos, en virutas de dolor.
La memoria es sombrero de prestidigitador:
depende de la hendidura en la que escarbes
emergerá aleteando una paloma
o un pañuelo de colores anudado
a otro pañuelo engarzado a otro más
y así hasta lo que pareciera el infinito
o, frustrando la engañifa, acaso no salga nada.
El lugar exacto donde se transmutó
en añicos de mil dolores pequeños
es detalle menor en esta fábula incierta.
Aquel día, recogió los pedazos
y los selló en su funda, cripta de silencio.
No volvió a abrir sus cerraduras,
oxidadas por la desidia, durante años
(quizás fueron diez).
El tiempo pasó con la calma
de un mar que cobija tormentas.
Por su bien, intentando esquivar
al monstruo ambiguo del día de mañana,
por si todo decidía torcerse
debería haber pensado en un plan b:
invertir en ladrillo, acciones en bolsa,
apostar a la quiniela, mejorar su juego en el póker,
otros trabajos posibles, ¡qué pereza!…
Las aguas parecían entonces calmadas.
En un gesto inesperado, su padre consiguió
el teléfono de un artesano local y sin advertencia
ni consulta, reconstruyó los escombros.
La guitarra emergió más hermosa todavía,
con distintas placas de madera fina
adornadas con filigranas florales, trazadas a mano,
forjadas con devoción silenciosa,
convirtiendo el instrumento
en símbolo de amor violento y redención.
Una disculpa tácita y perfecta
que nunca necesitó ser pronunciada.


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