Hablemos de vivir en la música, de la música como musa, de su poder para construir una vida a través de sus leyes...



"Cuando la música acabe apaga las luces"

Crecí dando vueltas en un vinilo, por eso la vida me marea. Quizá hubo desde el principio algún silencio, alguna clase de silencio carnívoro que pretendía convertirme en aire, ya desde niño, por eso compensaron las musas del sonido el atrevimiento de esa mudez temprana. Y es que yo aprendí a pensar con la música, aprendí a hablar con la música. Fue la música mi idioma, es la música mi idioma, mi madre, mi amante, mi hermana. La música, la musa. El silencio siempre fue demasiado atronador para darle alas a su sombra; se trataba de un acuerdo mutuo, tú mi musa y yo el custodio. Todo el sacrificio de la vida cabía en nuestro trato, aunque no lo supe entonces, cuando mis padres quitaban la radio porque me veían caer dormido en el coche y el niño despertaba poniendo de manifiesto su descontento en un quejido y dos patadas al asiento delantero. Porque la música es movimiento. 

Toda mi concepción estética se forjó bajo su nombre, encadenada a estímulos visuales que vestirían sus lamentos y celebraciones, en aquél salón de profundo azul-verde turquesa, en aquellos pubs del Madrid más núbil, donde los nuevos románticos y la gótica penumbra vertían su pomada desde la cabina del dijokey. Desde entonces la memoria está hermanada cual resorte a sus caprichos. Nunca fui yo el dueño de ese cuerpo. La musa hizo su templo a través de la memoria, vistió sus pechos en la noche y amplió coqueta su infinito guardarropa. La vida construida como un tren de asociaciones, arrollando en cada melodía y positivando aquél metraje en aluvión de fotogramas. Caras, voces, olores, paisajes, palabras, luces, colores, las benditas sensaciones del pasado al asomar inadvertido su cabello, transportándolo todo, la musa como máquina del tiempo, poniendo al espectro que soy en el plato rebañado de un pretérito imperfecto.

Y es que cuando la musa llega sobran las palabras. He aquí su paradoja, pues abren las esclusas del lenguaje esas manos curativas, siendo el complemento más local de su discurso sin fronteras. Yo puse al doctor un cd sobre la mesa, indiqué el nombre de esa estrella y al brillar supo de mí lo que esta boca no cantaba. La música es el dialecto de la existencia. Jamás pude disimular los anhelos encerrados, los lugares soñados, el nombre de esa lápida en la que olvidaba algunas flores, los valses de la sonrisa, las nieblas de la mente, los resquicios del naufragio, la tumba abierta de un amor de ojos azules, ante el primer eco de un piano. Con la musa me siento en el abismo de la nada y mi figura yace acompañada para celebrar lo inconcluso de la vida, y pulsar al play puede considerarse inmolación premeditada, igual que en el tiempo de la danza mis pies bailaron el fragor de loadas primaveras.

No entiendo el enigma de vivir ni este trance pasajero sin el himno de sus labios, el viaje al compás, sucumbir a las sirenas doblegando el mástil de lo tibio. “La música te ha jodido la vida” me dijeron, y es que no llegaron a comprender que ambas caras de mi yo son la misma esencia, que quien besa con pasión la superficie de este espejo agraciándole la cura, es quien traza crucigramas en sus brazos con los trozos rotos del reflejo; ni entendieron de los bailes que me brinda en la jauría de los hombres, cuando engendra el tatuaje del recuerdo en los ausentes, pues la música es combatirle al olvido su masacre. Yo le invoco su señal de bendición o su sagrado sacrificio como tótem de respuesta ante el coma de las almas, ante la daga de la ignorancia, ante el filo ensangrentado del indiferente, aunque, como si de un burlón designio se tratara, haya sido consumido en mil y una ocasiones por el alimento que me brinda.

Y tú pregúntate de qué estás hecho. Yo te canto estas albricias, y te digo que estoy hecho de un sinfín de melodías, centenares de canciones. De las miradas azules de la musa mi química se compone, mi imagen yace en la portada de mi disco favorito, mi nombre se lo debo a un fecundador de inspiraciones. Quizá haya traicionado hoy su latido y debería haber expresado este tango sin palabras, tarareándole a sus nalgas algún húmedo aleluya. Porque yo solo soy música, fuera de eso inexistencia, qué triste quien no sienta. Por ahora estoy salvado. When the music´s over turn out the lights/ turn out the lights/ turno ut the lights/ Well the music is your special fiend/ Dance on fire as it intends/ Music is your only friend/ Until the end/ until the end…

© David de Dorian, 2014

Ilustración minimalista con vinilo y espermatozoide

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