domingo, 26 de junio de 2016

"LITERATRÍA". DE PERROS, ESCRITORES Y JAVIER MARÍAS

Hablemos de los derechos de los perros, de los escritores...y de Javier Marías... 


Que la intelectualidad en este país (España) está a la altura de un meme lo demuestran a diario escritores y literatos patrios. Javier Marías no decepciona. Su artículo "Perrolatría" (pinchar enlace para leer), publicado en el diario El País hace unos días, y en el que expresa sus reparos con los derechos de los perros, podría ser el paradigma de un estreñimiento mental (o diarrea, según se mire) que ya caracteriza a muchos intelectuales y escritores consagrados. 

Como a algunos nos pasa con los de su calaña, he decidido seguir el juego. ¿Y si en su mismo artículo leyésemos "escritores" en vez de "perros"? Trasplantar un sustantivo puede cambiarlo todo. La grotesca parrafada, sometida a esa mínima transposición, quedaría en "otro punto de vista". Ya que se trata de opinar...


LITERATRÍA 

CUANDO Obama ocupó la Casa Blanca hace casi ocho años, se encontró con un problema inesperado, mucho más grave que su raza o su poco definida religión: no tenía ESCRITOR. Hubo de comprarse uno a toda prisa, porque en los Estados Unidos hace mucho que se llegó a la peregrina conclusión de que quien carece de escritor es mala persona. España presume de ser un país muy antiamericano, pero copia con servilismo todas las imbecilidades que desde allí se exportan, y casi ninguna de las cosas buenas o inteligentes. En la beatería por los escritores (y por extensión por todos los literatos, dañinos o no), estamos alcanzando cotas demenciales, y, sobre todo, los dueños de articulistas quieren imponer sus escritores a los demás, nos gusten o no. Leo que sólo en Madrid hay más de 270.000 censados, cifra altísima, pero que no deja de representar a una minoría de madrileños. Ésta, sin embargo, en consonancia con la lerda idea estadounidense de que los literólatras gozan de superioridad moral y de un salvoconducto de “bondad” (Javier Marías se contaba entre ellos), abusa sin cesar y exige variados “derechos” para sus escritores. Lo de los “derechos” de los literatos es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época. Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos. Quienes se erigen en sus “depositarios” son editores/lectores muy vivos, con frecuencia sus propietarios, que en realidad los quieren para sí, una especie de privilegio añadido. Los literatos carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto. Uno de esos deberes es no aplaudirlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).

Los dueños de escritores claman ahora por que se deje entrar a éstos en casi todas partes: en bares, restaurantes, tiendas, galerías de arte, museos, librerías, y aun se les creen sus propios lupanares … Una apasionada declara: “No apoyo sitios en los que no me dejen entrar con mi familia” (sic). “Vaya con o sin mis literatos”. (Supongo que regiría igual para quien decidiera adoptar actores, periodistos o cachorros de trepas.) Ella y otros entusiastas celebran que ahora La Casa Encendida abra sus puertas a los escritores, y no sé si también la Calcografía Nacional (donde se ha hecho una exposición de la Literatomaquia de Pérez Reverte tan manipulada y falseada que se convirtió al escritor en un “literalista avant la lettre” (!). En lo que a mí respecta, ya sé qué sitios no voy a volver a pisar, por si las moscas. Nada tengo contra los escritores consagrados, que a menudo son bobos y además no son responsables de sus editores. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades en las páginas de algún periódico o donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo.

Con frecuencia sus amos no se conforman con uno, sino que llevan tres o cuatro, cada uno con su larga correa que ocupa la calle entera e impide transitar a los peatones. Un escritor consagrado es, además, un lujo. Su mantenimiento es carísimo y una esclavitud, desde la comida especial hasta las expulgaciones, las continuas visitas al prostíbulo de las letras, los lavados y peinados y “esquilados” al público a cargo de expertos, incluso el tratamiento “psiquiátrico” que necesitan muchos porque se “estresan”, se asustan al oír el timbre, se desquician en pisos de bondadosos metros y en ciudades no preparadas para su sobreabundancia. De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación. Nada tengo contra los literatos, ya digo, pero hay mucha gente que sí, que les tiene miedo y no los soporta. Y se los intenta imponer a esa gente en todas partes, hasta mientras come.

Entre ella estaba Robert Louis Stevenson, que escribió en 1879: “Me vi muy alterado por los ladridos de un “poeta”, animal que temo más que a cualquier lobo. Un “poeta” es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un “poeta”, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación … El agudo y cruel ladrido de un escritor es en sí mismo un intenso tormento … En este atractivo animal hay algo del clérigo o del jurista … Cuando viajo a pie, o duermo al raso, los detesto tanto como los temo”. Todo esto se olvida, en efecto: según su tamaño y su raza, el que va con literato porta un arma. Si está prohibido ir por ahí con una pistola o un cuchillo de ciertas dimensiones, no se entiende tanta permisividad con una bestia que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca. Una vez un vecino misantrópico me insultó gravemente, sin motivo, en el portal. Mi reacción normal habría sido encararme con él. Pero el hombre sujetaba a un “poeta” de aspecto fanático, que a su orden habría defendido a su dueño aunque éste no llevara razón. Como es natural, porque a los bardos no les corresponde averiguar tales matices, sino someterse ciegamente a quien los alimenta y cuida. Si eso no es un peligro en potencia … En Madrid hay los “literatos” que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Todos se ponen a cuatro patas, eso es seguro.

© David de Dorian, 2016  

Ilustración minimalista de John Holcroft

(John Holcroft)








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