jueves, 25 de septiembre de 2014

LA BOHÈME: RECORDANDO UNA CANCIÓN DE PARÍS

Hablemos de La Bohème y París como refugio del caído... 


"Fallait-il que l’on s’aime / Et qu’on aime la vie"

En algún momento de mi vida que la memoria no alcanza a recordar, la relación con la música se convirtió en algo similar a la que se puede tener con las personas que uno quiere. Ese chispazo del alma que truena en tu interior para avisar de que inevitablemente pasará a formar parte de tu existencia de manera irremediable una canción concreta, como una persona concreta, como un amor. Entonces la música se hace carne y hueso, es cuando se convierte en MUSA. Me enseña, me sonríe, me mima, me hiere, me hunde o me salva, y también me escucha. Soy su reflejo, la música es el espejo del alma, la manera que tiene la naturaleza de enseñar todo lo que se encuentra más allá del cuerpo. Y este cuerpo y todo lo que acampa más allá del mismo ha enfermado en distintas ocasiones. Pero siempre ha habido una musa para cada soplo de deriva que le ha otorgado algún sentido.

Mi segunda visita a París acabó por unirme de forma drástica y definitiva con una ciudad creada directamente para ser el último lugar que se pise en esta vida. Sí, yo quería morir. Ellos pensaron que sería buena idea visitar mi futuro camposanto. Fue un golpe maestro. La vida tejiendo la historia personal con escaleras reales de color en la última jugada. Y allí estaba, esparciendo por la ciudad de la luz una sombra cada vez más tenue. París es el Edén de quien se encuentra moribundo, más que de los enamorados, porque se puede estar enamorado y pletórico en cualquier parte, pero caído en ninguna como en París. Me recuerdo en Place Clichy cenando en la terraza de un bistró, mientras una lluvia gruesa caía sobre las calles. “Estoy OUT in París”, le escribí a un amigo. Out in París. Firmando el contrato con el punto exacto de este orbe donde un día avanzará mi último suspiro hasta el descanso. El amor y la muerte son lo mismo en ocasiones, se entrelazan con la fuerza de un destino y se abrazan con dulzura al cordón umbilical.

En París los vivos están muertos y los muertos están vivos. No sucede esto en ningún lugar más de este planeta. Yo sentía el peso de su sangre en el hotel de la rue Bruxelles y mi hermano hacía fotos en aquella habitación. No hay más testimonio de mi estancia. Después de un par de días tuve que huir despavorido de mí mismo. Corrieron a arruinarse para conseguir un billete inmediato de vuelta al pésimo Madrid. Síndrome de Stendhal dijeron. Todo explotó en el d´Orsay. Mi derrumbamiento nos pilló entre óleos capitales, tantas veces lamidos con el alma desde las páginas de un libro. Volví a la matriz de mi dolor atrapado por L'origine du monde y empujado por Van Gogh. No pude evitarlo. Lloré sentado en el pasillo algo que no podía vaciar, loco de angustia y de memorias que jamás tendría. Había sido ya demasiado.

El día anterior visitamos Père-Lachaise. “Da gusto estar muerto en Père-Lachaise”, pensé; y aquella noche, aún con el aroma de las tumbas en mis dedos y el recuerdo vivo, por fin se descubrió la tórrida canción que desposara una ciudad con estos huesos. En Chez Eugene cenábamos al compás de las piezas de un piano (siempre hay un piano en los abismos), llevado por las manos delicadas y maestras de un tipo con semblante triste y voz de farola cansada. Yo estaba ausente, no recuerdo qué tocaba. Vi a mi padre escribir en un papel y levantarse, dirigirse al pianista y hablarle, darle la nota y un billete y volver sonriendo. Más tarde pensaría que incluso la tristeza también se paga. De espaldas al piano, me indicaron que mirara. El maestro se parecía a Roberto Benigni; siempre hay algo cómico en quien canta una tristeza. “Dedicada a David”, ya no recuerdo si habló en francés o castellano. Mi hermano y yo nos miramos cómplices y él rio, mientras mi padre sonreía bobalicón y mi madre me observaba atenta, siempre con el corazón en un puño. Qué atroz y macabra genialidad fue la de esa noche, que al comenzar los primeros compases del piano, me di cuenta que era lo más mítico que había hecho por mí en toda su vida.

El desconcertante casamentero me dio a conocer a la musa en Montmartre, en el barrio donde tantas almas extraviadas se buscaron hasta el desvarío, como a una niña sufriendo de diabetes que en concubinato acepta a Willy Wonka, letal y bello disparo a medio camino entre la perversidad y la puntería. La bohème, la bohème…así nacen las musas, los hogares, los destierros, las sales del olvido y las olas del recuerdo, las caricias, los consuelos, la vida que canta, solo eso. Inundado en sus mismas partituras, flotando en el tren evocador de cada nota, igual que siente un amante en la distancia amar hasta ponerse triste, zanjaban así las líneas del destino otro génesis de ausencias en la misma página, y ya nunca se iría. Pero yo me fui, antes de otra noche, y supe entonces que la cuenta pendiente no se resolvería con visitas redentoras, sino con la entera exhalación de mi existencia en el musgo de su piedra. Para quien siente precipicios, en París hay esperanza. Siempre hay esperanza. Vamos a París, con La bohemia. 

© David de Dorian, 2014 


Ilustración minimalista



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