miércoles, 26 de marzo de 2014

LA BOHEMIA MADRILEÑA: LITERATURA OLVIDADA

Hablemos sobre la bohemia madrileña y su literatura olvidada...

Así la denominan los franceses (bohemia), y es una denominación que se ha hecho general en Europa, a esos hijos del genio que, abandonando la paz de sus hogares, se trasladan a las grandes capitales en busca de un nombre y una fortuna, sin más patrimonio que sus esperanzas y su fuerza de voluntad” Pérez Escrich, El frac azul

Tanto la literatura bohemia como su ambiente son uno de los capítulos de la historia literaria española más olvidados en la actualidad. La llamada “Santa bohemia” ha sido relegada a los anales de nuestra crónica reciente en pos de nombres y capítulos más triunfales, amables y desempolvados de toda miseria e insania vital. No es ninguna casualidad, la tendencia desde hace al menos década y media ha sido la de enterrar cualquier conato de rebeldía sincera o extremismo justo, en las calles o en la literatura, quizá para adecuar a un público lector general a los estrechos esquemas epistémicos que éste mismo se ha encargado de instaurar con el agravante de exclusión. Salvando ese retrato del esperpento que fue Luces de Bohemia, poco se conoce realmente de uno de los temas más apasionantes y paradigmáticos de las letras españolas.

Fueron tímidas hace unos años las “celebraciones” y homenajes en Madrid por el centenario de la muerte de Alejandro Sawa, el malogrado Rey de los bohemios y protagonista de la obra de Valle-Inclán, quien lo llamó Max Estrella y muy posiblemente lo rescató de la sepultura total de la posteridad gracias a sus páginas. Hoy, solo una discreta placa sobre un portal del Conde Duque –que suele pasar desapercibido– nos recuerda dónde vivió y murió uno de los literatos más clarividentes, combativos y con menos fortuna del panorama patrio. Pero fueron muchos los escritores infortunados que poblaron aquél Madrid bohemio sazonado de profunda crisis política y social de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. A esos olvidados suele llegarse por benditos y despistados tropiezos o maravillosos chivatazos, y cuando se llega, gratamente, lo que sale a relucir es un aspecto histórico de la vida de Madrid y una realidad que, a buenas luces, le enfrentan al lector con la tibieza confortante del presente.

De la bohemia madrileña se ha dicho que es “…la historia y avatares de una tribu literaria que rendía culto a la amistad y a la libertad, y que se permitía poner todo en tela de juicio; la religión, la propiedad, el arte”. Paco Umbral, que se introdujo ya en otra época posterior en las entrañas disecadas de aquél Madrid, dijo que “eran románticos inerciales, que sabían que había que llevar la rebeldía, el hambre, la soledad, la intemperie, el alba y la protesta más allá de su límite delgado y funeral, pero no se habían preguntado nunca muy bien por qué”, aunque coetáneos como Pio Baroja, que frecuentó los cafés y tabernas de la bohemia y a quien no parece que apreciasen mucho, opina que “se puede colegir que la bohemia es una de tantas leyendas que corren por ahí, una bonita invención para óperas y zarzuelas pero sin ninguna base de realidad”. Y es que Don Pío, en su ineptitud para disfrutar de la vida y la tragedia como el bohemio, vividor y galante, exprimidor de sensaciones por naturaleza, no sentía más que aversión por todo esto de la bohemia, de la que, sin embargo, escribió bastante en obras como Adiós a la bohemia y en algunos artículos, afianzando un cliché algo envenenado sobre la misma que llega hasta nuestros días:

“El bohemio no es práctico. Proyecta, proyecta mucho, pero no pasa de ahí. [. . .] El bohemio no solo es vanidoso, sino que es ególatra, siente admiración por sí mismo. Si se ve humilde, desdeñado y solo, va casi siempre gozando con su desgracia interior; si está enfermo o triste, llega también a gozar. Hay esos placeres paradójicos y malsanos en los fondos turbios de la personalidad humana.”, nos dice en su artículo “La bohemia madrileña”. Y en “Bohemia y Seudobohemia” apunta:  

De aquella bohemia, lo que más me chocó siempre era la holgazanería, sobre todo para trabajar en cosas que, según aquellos bohemios, eran las que más les gustaban. Yo nunca entendía esto bien. Comprendo la pereza para todo; pero mostrar pereza para lo que más gusta, eso no lo comprendo fácilmente. Yo creo que si la mayoría de aquellos tipos de café hubieran encontrado un editor rico que les hubiera dicho: `Todo lo que escriba usted se lo tomo para publicarlo y se lo pago inmediatamente´, les hubiera dado un disgusto

Cuando nació en París la bohemia, retratada allí por Murger y desde donde se importó a España, ésta se convirtió incluso en un fenómeno sociológico y político, trascendiendo el arte y el modus vivendi de los personajes pobladores de aquél ambiente. Lo que en la Ciudad de las Luces fue –y sigue siendo– un capítulo importante de la expresión humana y espejo de una época histórica, en Madrid, se convirtió casi inmediatamente en el esperpento en el que muchos lanzaron sus dardos o al que, sencillamente, dieron la espalda y se ocuparon de sepultar, en un ejercicio de cainismo muy del gusto nacional y del cual algunos escritores actuales han aprendido más que de ninguna otra fuente, haciendo de nuestra bohemia un sub-episodio anecdótico, casi bufonesco, enterrado con el devenir del siglo XX y a la sombra en Madrid de tantos falsos profetas de la letra o, posteriores, de páginas sobredimensionadas y cansinas como La Movida, donde la cultura de una ciudad, al parecer, topó con su techo.

Era en torno a la popular Puerta del Sol donde los bohemios se reunían en cenáculos, cafés (Platerías, del Colonial, Fornos, el Universal) y tabernas para sus tertulias. La mayoría cultivaba su arte dentro de la corriente estética del decadentismo modernista o del determinismo naturalista, presentando escenas de un costumbrismo extremo. Eran periodistas, articulistas, críticos literarios, dramaturgos, maestros del folletín o ejercían la novela por capítulos tan de moda en la época. Algunas de sus obras se han llevado al cine, pero para un público general todo queda condensado en Luces de bohemia, donde aparecen muchos de sus antihéroes. Estos son algunos de sus nombres: Alejandro Sawa y Miguel Sawa, Manuel Machado, Emilio Carrere, Alfonso Vidal y Planas, Ernesto Bark, Francisco Villaespesa, Pérez Escrich, Pedro Barrantes, Pedro Luis de Gálvez, Armando Buscarini, Joaquín Dicenta, Rafael Delorme y, en menor medida, Prudencio Iglesias Hermida y Eduardo Zamacois. Algunos, bohemios más insignes que otros –de los que haremos un breve repaso– , cuyas obras, novelas, poemas, teatro, artículos, óperas o folletines, constituye un reflejo fidedigno de aquél ambiente y un legado significativo y sustancial de las letras y la historia de la capital.

De Alejandro Sawa, el personaje clave para entender la bohemia madrileña a través de su maltrecha vida y su obra, ya hablamos hace unas semanas, nombrando obras imprescindibles de la biblioteca bohemia como Declaración de un vencido (1887) o la póstuma Iluminaciones en la sombra (1910). Su hermano Miguel Sawa nos dejó también obras muy sugestivas como Ave, fémina (1901) o Historia de locos (1910). Manuel Machado, hermano del excelentísimo Antonio, y bohemio amigo de los Sawa (véase su epitafio a Alejandro) nos deja un gran testimonio de aquella época y de sus personajes, así como poemarios tempranos como Alma (1901).

Enrique Pérez Escrich fue un verdadero ídolo de las clases populares gracias a una sensibilidad muy cercana los estratos sociales más bajos y sencillos y a una prosa llana de lenguaje vulgar que no utiliza en otras de sus obras más selectas como sus dos novelas más exitosas, El cura de aldea (1863) y la autobiográfica El frac azul. Episodios de un joven flaco (1864), donde narra sus vivencias de bohemio capitalino. Pedro Barrantes se convirtió un rabioso disidente del Madrid de la época. Sus ingeniosos y furibundos artículos anticlericales o contra la monarquía, los aparatos de la justicia o el gobierno, le llevaron a sufrir penas de cárcel, donde fue torturado y dado por muerto hasta despertar en una fosa común a punto de ser enterrado y volver a reconciliarse con la Iglesia. Delirium tremens (1890) es su poemario más transgresor. Ernesto Bark tuvo que huir de su Estonia natal por actividades revolucionarias. Cuando llegó a Madrid colaboró con diversos periódicos progresistas, destacando en Germinal, dirigida por Joaquín Dicenta y donde escribían otros insignes bohemios como Valle-Inclán, que lo retrata en sus obras como Basilio Soulinake. Su estilo extremista está representado en Los vencidos (1891), La filosofía del placer (1900) o La santa bohemia (1913).

Emilio Carrere pasó de significarse con el socialismo a ser monárquico y antirrepublicano al ascender en la escala social y afianzarse económicamente, mientras su obra cobraba popularidad, para finalmente integrarse en la ultraderecha y en el régimen franquista. De sus tiempos de vida desordenada y correrías nocturnas nos quedan obras como La cofradía de la pirueta o La conquista de la Puerta del Sol. Alfonso Vidal y Planas, que cumplió condena por asesinar en el Joy Eslava a un compañero adulador de Alfonso XIII y que murió en el exilio dejando obras como Las alas del sátiro, La barbarie de los hombres (1915) o la posterior Santa Isabel de Ceres.  Pedro Luis de Gálvez, revolucionario y del que se cuenta el triste bulo que iba con su niño nacido muerto en una cajita pidiendo dinero para su entierro por las tabernas de Madrid, nos legó Desde la cárcel. Y hasta el estallido de la I Guerra Mundial tenemos otras obras de gran importancia entre las que destacan Cantares y Ensueños, de Armando Buscarini o El alto de los bohemios y Bajo la lluvia de Francisco Villaespesa.

Si como acertadamente dijo Murger, la bohemia fue “el prólogo a la academia o la morgue”, puede que este recordatorio no sea más que un tanatorio de estrellas cuya luz se ha ido oxidado por el olvido con el paso de los años y cuya superficie intentamos pulir un poquito. O puede que nuestra bohemia capitalina sea poco más que un talentoso y rebelde grupo de escritores que no llegaron a tener tras su muerte un nombre merecido. En cualquier caso, los clichés sobre el tema sobran en esta entrega en la que reivindicamos autores y obras ensombrecidas por la ortodoxia y el prejuicio, y que resultarán altamente disfrutables, pues como dijo Gómez de la Serna “no hay que tener tanto miedo a la bohemia y a la noche…”.

Mi yantar tengo inseguro y las nubes son mi techo;
pero guardo un gran tesoro de ilusiones en el pecho
y lucir puedo, orgulloso, la virtud y la entereza
de llorar con mis ideas y reír con mi pobreza.
Ilusiones y esperanzas son mi pan de cada día
y, doliente y esforzado, sueño mucho… poco vivo;
pero en gracia a los favores de mi ardiente fantasía
si no vivo lo que sueño… sueño todo lo que escribo.
                                -La canción del bohemio- Felipe Sassone

© David de Dorian, 2014 

Ilustración Minimalista de Alessandro Gottardo

(Ilustración: Alessandro Gottardo)



No hay comentarios:

Publicar un comentario