martes, 4 de febrero de 2014

NEAL CASSADY Y SU ÚLTIMO PONCHE DE ÁCIDO LISÉRGICO

Hablemos de Neal Cassady, el eterno Dean Moriarty, y de su último Ponche de ácido lisérgico...

“Puedes meterte en cualquier cosa, sí, pero ¿cómo te las arreglarás luego para salir de ella…?” (Dean Moriarty)

Un año después de la última Prueba del Ácido, Neal Cassady, el carismático Dean Moriarty que inmortalizara Jack Kerouac en su famosa novela On the road (En el camino), moría solo y en circunstancias desconocidas en San Miguel de Allende, México. Su muerte y las circunstancias que la encierran terminaron por alcanzar una dimensión mítica. El cuerpo siempre vigoroso de Cassady fue encontrado por unos campesinos al lado de unas vías de tren, perfecto broche final como símbolo de ese “chico de Denver que no paraba de ir de un lado a otro de los Estados Unidos en pos de –o, mejor dicho, dejando atrás– la `Vida´”

Cassady fue el cicerone de Kerouac –aunque sería más acertado plantearlo al revés– y el emblema viviente de la beat generation. Dean Moriarty y Sal Paradise (Kerouac) fueron durante una época los verdaderos héroes para una juventud americana intelectual que comenzaba a romper con el recio garrulismo yanqui importado por los padres que habían combatido en la II Guerra Mundial. Esta entrañable pareja creo un mito y echó a rodar el término hipster, a su manera, hoy totalmente desvinculado de sus significados naturales y primigenios. Pero eso fue “En el camino” y a través de “Visiones de Cody”. La última década de Cassady estuvo marcada por el autor que tomó el relevo al Rey de los beats y que definiría toda una generación durante los 60, Ken Kesey.

Cuenta Tom Wolfe en su novela “Ponche de ácido lisérgico”, donde ambos, Cassady y Kessey son protagonistas, cómo en una fiesta, a la que asistieron estos junto a Kerouac y Ginsberg –que había nombrado en su tremendo Aullido “a N.C. héroe secreto de estos poemas” –, se abría un puente entre dos mundos: “Kesey y Kerouac apenas se hablaron. A un lado estaba Kerouac y a otro lado estaba Kesey, y en medio de ambos estaba Cassady, un día heraldo de Kerouac y de toda la Generación Beat y hoy heraldo de Kesey y de... ¿qué?, de algo mucho más salvaje y más extrañio que aún estaba `en el camino´” Fue como un hola y adiós. Kerouac era la vieja estrella. Kesey era el nuevo cometa salvaje del Oeste rumbo a Dios sabía dónde”

Kesey había escrito la magnífica Alguien voló sobre el nido del cuco”, publicada en 1962. Poco después fundaría los “Alegres bromistas” (The merry pranksters) y se echarían a la carretera con un cuenco de ponche condimentado con LSD para refrescarse por el camino en un viejo autobús tuneado a su rollo con colores fluorescentes. Al autobús le pusieron nombre: “Further” (Más allá). A bordo, los Alegres bromistas, con Kesey a la cabeza, recorrieron los Estados Unidos asentando poco a poco las particularidades más tópicas que más tarde popularizaría –o trivializaría según Kesey– el movimiento hippie. Y ¿quién conducía el “Further”? Lo han adivinado. El casi indestructible William Burroughs recuerda en la novela lisérgica:

“Hay dos cosas que recuerdo de Neal: su extraña identificación con los coches y su capacidad de silencio. Era un conductor nato, en sintonía total con cada átomo del vehículo que llevaba entre las manos, que llegaba a convertirse en una prolongación de su persona. Y era también una de las personas más apacibles y con las que uno se sentía más cómodo que yo haya conocido en toda mi vida. Y todo gracias a una autosuficiencia innata”

Corría 1964, y ese puente comenzaba a abrirse a través de la experimentación vital con LSD y también con la marihuana, por medio de los viajes a bordo del mítico “Further” (de cuya aventura existe un film, “Magic trip”, grabado durante los viajes) y de las sesiones libertinas –Acid Test– que el chamán Kesey organizaba en su residencia, La Honda, siempre apoyados por peligrosos Ángeles del Infierno y por la banda de Jerry García, Greateful Dead. Porque lo que con los beats era el jazz con los Alegres bromistas era el rock psicodélico. Y en ambas actividades nuestro héroe eternamente presente dándolo todo: “A Cassady jamás lo han visto tan lanzado, va sin camisa, con un sombrero de paja tipo tejano, botando sobre el asiento, cambiando de marchas, manipulando el volante y la caja de cambios, parloteando con el micrófono que lleva junto al asiento como un frenético guía turístico, reseñando cada coche que pasa por la carretera…: `-…ahí va un peluquero cortándose el pelo a ochocientos kilómetros por hora, ya entendéis...´

Y es que Cassady/Moriarty era un hablador nato, un ser verborréico y acelerado cuyo discurso y pasado siempre levantaba algunos recelos entre la nueva generación universitaria y no acostumbrada a estar sin un chavo en el bolsillo: “Ahí lo teníamos ante nosotros en el Versalles de Kesey, mostrándose, sin camisa y sacudiendo los brazos y haciendo sobresalir los oblicuos abdominales a ambos costados como un levantador de pesas…Somos gente hip, apreciamos el bendito primitivismo. Pero Kesey dada a entender que había que aprender de Cassady, que nos estaba hablando. Y era cierto. Cassady quería comunión intelectual. Pero lo único que querían los intelectuales de él era que fuese el buen salvaje, el chico de Denver, la criatura natural entre ellos. A veces Cassady percibía que no lo aceptaban intelectualmente, y se retiraba a un rincón y seguía con su monólogo maníaco y murmuraba: `Está bien, me meteré en mi viaje, me embarcaré en mi propio viaje, es mi viaje, ¿lo entendéis?’”  El escritor y editor Gordon Lish recuerda:

“No era en absoluto un intelectual, pero era inteligente en un sentido casi prodigioso. Aunque la cualidad que probablemente hacía de él un amigo tan preciado era sencillamente la de poseer el corazón más entrañable que yo haya encontrado jamás en corazón humano”

En los Acid Test, una verdadera celebración libertina, nuestro amigo lo daba todo. Hunter S. Thompson, otro de los escritores lisérgicos (“Miedo y asco en Las Vegas”), lo hace aparecer en una de sus novelas, completamente borracho y gritándole a la policía en una de esas legendarias fiestas junto a los Ángeles del infierno, que también se retratan en la novela de Wolfe: “...y Cassady, en su película, titulada `Velocidad límite´, es a un tiempo un drogota aficionado al speed, las anfetaminas, y un ser único, cuyo anhelo es la velocidad”

Porque el verdadero papel de Cassady fue sin duda el de chófer, chófer de nada menos que dos generaciones, o, al menos, de generación y media: “Cuando todos los demás estaban rendidos por la fatiga, o por cualquiera de las numerosas presiones, Cassady estaba allí para seguir adelante. Era como si nunca durmiera, como si no necesitara hacerlo. Pese a su loca forma de conducir, siempre conseguía sacarlos de todo laberinto, era como si siempre supiera dónde estaba el punto exacto de salida” El novelista Robert Stone le recuerda sacándose cigarrillos sin tener que sacar el paquete del bolsillo, cual marinero curtido que no quiere invitar a un pitillo, y nos dice:

“Neal era muy parecido a ese personaje interpretado por Marlon Brando en El salvaje, el genuino hipster de los años 40. Era sin duda un tipo que había conocido los mundos marginales de Norteamérica” (Igualito que los hipsters actuales, ¿verdad?)

Cassady fue un padre y un igual, aunque un igual adelantado al que había que mirar por encima desde el plano intelectual para no sentirse nimio, porque era inevitable para la mayoría no sentirse así ante su poder, un encanto que al final terminaba por atrapar a todos rindiéndose ante su extraordinaria naturaleza: “La mayoría de las tripas de los Bromistas suenan glup-glup-gluuuuppp, y cosas por el estilo, pero las de Cassady hacen ping…dinping…ting, como si su dueño estuviera funcionando a 78 r.p.m. y los demás a 33, lo que bien mirado no deja de ser cierto”

Un personaje difícil de calificar y con la innegable virtud de encontrarse siempre donde se va a hacer historia, donde se va a hacer literatura, donde surgirá el arte y la libertad espiritual, un cazador de almas de fino olfato, absorbiendo la vanguardia humana del momento: Cassady al volante del autobús por las tierras frías de México, se había propuesto un nuevo reto: recorrer todo el país sin utilizar los frenos” Estas líneas y su amor a la velocidad fueron sin duda la metáfora perfecta para una vida al límite, un espíritu libre, la encarnación de lo salvaje y la energía desbocada. Gordon Lish:

“Cuando Kesey mejor definía a Cassady era cuando le llamaba superhombre. Porque eso es lo que Neal era”

Pero el superhombre al final sucumbió, en una frenada repentina, y la máquina paró para siempre junto a las vías del tren de un pueblo de su México querido. Su cuerpo fue llevado al hospital de San Miguel, donde un testigo recuerda que su rostro se asemejaba a la de una deidad maya tallada en piedra. Causa de la muerte: “congestión generalizada”, esta vez su cuerpo no aguantó los excesos tras la boda mejicana a la que asistió. Poco antes de su muerte, acontece su encuentro con Charles Bukowski, el escritor maldito por excelencia de toda aquella generación, y el bueno de Buk, ante el “adelante, escribelo” de Cassady, plasma en “Escritos de un viejo indecente” la última aparición literaria de la musa suprema de dos generaciones, de dos mundos tan trascendentes para la cultura occidental. Así, Neal Cassady, como la leyenda del indomable, desparecía dejando la estela eterna y una llama viva de toda una época en la literatura y la historia.

“NEAL JAMÁS DEJÓ DE CORRER NO AFLOJÓ NUNCA LA MARCHA DEBIÓ DE SER EN AQUELLA VÍA DE TREN DE SAN MIGUEL DE ALLENDE DONDE AL IR CORRIENDO SE LE TERMINÓ LA VÍA Y ASÍ NUNCA HA TENIIDO QUE ENVEJECER Y SIEMPRE SE PARECERÁ A PAUL NEWMAN EN EL BUSCAVIDAS” (Lawrence Ferlinghetti)

© David de Dorian, 2014


Ilustración pájaro






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